Este poema se creó para «Ginger», un programa de televisión para adolescentes de género coming of age y que se transmitía en Nickelodeon. La versión en inglés salió al aire en el episodio siete de la primera temporada el 10 de diciembre de 2000. Esa versión se interpretó en español para su doblaje y transmisión en países de habla hispana. Encontré un video de esta versión en una red social y quise escuchar la versión en inglés porque me gustó mucho y porque el significado poético me pareció desfasado de la intención en el corto montage. La edición lo presentaba como un poema nostálgico pero triste. Si bien, los versos sí me parecieron nostálgicos, el poema en sí mismo lo encontré esperanzador. No pude evitar preguntarme: ¿por qué el poema se presenta como triste si su contenido es esperanzador?
Después de una pequeña investigación, comprendí que no es el tema de la composición que se debe entender como triste. Su contexto es lo que permea el poema de tristeza. He aquí el contexto: El núcleo familiar de Ginger se encuentra ausente del padre, por lo que éste la felicita por su graduación de la primaria a través de una carta. Entonces, Ginger lo invita a un recital de poesía escolar en el cual ella participaría. A pesar de que el padre nunca la llama para dar una respuesta, Ginger asume que él asistirá. Ginger creyó de este recital una excepción, por lo que escribió y dedicó el poema a su padre. Dado que el padre abandonó a la familia de Ginger poco tiempo después de que el hermano menor naciera, su ausencia origina la profunda tristeza en Ginger. Al finalizar el poema, Ginger se desmorona emocionalmente cuando —buscando en la audiencia— se da cuenta de que su padre no está presente. Esto quiere decir que el padre ausente en el recital no es una circunstancia aislada y la realidad es que su presencia es el anhelo más grande de Ginger. Por eso, el tema del poema es esperanzador.
Ya que resultó en un poema muy bonito, por un lado sostengo que la interpretación en español es excepcional, de la cual respeto a todos los involucrados que trabajaron para darle sentido en este idioma. Por ello, incluyo esta versión al final de esta entrada. Sin embargo, por otro lado he reescrito el poema incrustando armonía porque —para mi apreciación poética— su versión original no rima mucho. Supongo que es el resultado de una interpretación literal, lo cual suele ser característica de los procesos de doblaje.
Considerando lo que se dice de que —cuando se publica— una obra cesa de ser solo del artista que la creó, digamos que soy una fan apropiándome del arte y esto es un fanfiction del original, como un director que adapta la versión original de una obra a través de su visión, haciendo de ésta un lente interpretativo más. Por lo tanto, esto lo escribo por entretenimiento y placer.
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Mi interpretación:
Hola, extraño, llegaste justo a tiempo.
Busco tu rostro entre la gente del momento.
Hola, extraño, tal vez en mi gaveta algún día
veré desvanecerse esa vieja fotografía.
Juguetes extraviados, dientes mudados,
accidentes.
Jugos derramados, informes entregados,
cicatrices.
La vez que me había enfermado, quisiera habértelo contado,
matices.
Hola, extraño, te reservé el lugar previsto.
Y, ahora, que tu rostro he visto,
ya, extraño no te avisto.
*****
Versión en español original:
Hola, extraño, llegaste justo a tiempo.
Busco tu rostro entre la gente ahora.
Hola, extraño, tal vez algún día
veré esa vieja foto desvanecerse en mi gaveta.
Juguetes extraviados, dientes mudados,
accidentes y cicatrices, derrames de jugos, informes de la escuela.
Una vez estuve enferma, pero no es nada que no te pueda contar.
Hola, extraño, te reservé un lugar.
Y, ahora, que he visto tu rostro, ya no me pareces extraño.
Era el otoño del 2021 cuando comenzaba el primer semestre del doctorado, en el cual cursé una clase en portugués como parte de los requisitos para una concentración en estudios culturales del portugués. La clase enfocaba su contenido en los diferentes medios del arte, tales como la pintura, la música, el cine, la poesía y la ficción. La primera composición asignada se debía entregar el 9 de septiembre, y pedía que los estudiantes escribiésemos un cuento en portugués usando vocabulario que habíamos aprendido hasta el momento. Por tanto, el 7 de septiembre escribí mi cuento. Y me parece curioso que lo haya creado en ese día porque es una de mis fechas favoritas y porque lo escribí sin ser consciente del día especial. Este trasfondo hace peculiar al cuento.
Este semestre enseño un curso de español intermedio, el cual ya he enseñado en semestres pasados. Y en algún par de esos cursos asigné el cuento a los estudiantes como actividad para practicar los tiempos verbales el pretérito y el imperfecto; sin embargo, en el otoño del 2023 decidí no asignarlo más. En este último par de semanas, he estado enseñando los mismos dos conceptos y, revisitando las presentaciones de Power Point sobre el tema, inevitablemente encontré la diapositiva que había creado para señalar a la clase que era hora de trabajar en esta actividad. La diapositiva se titulaba con el nombre del cuento y tenía una bonita imagen que fungía como atractivo visual. Pero, ya que no uso más el texto como actividad, eliminé la diapositiva. No obstante, pensé que sería buena idea inmortalizar el cuento publicándolo y compartiéndolo en este espacio.
Y sin más preámbulo, aquí lo presento en la versión en español…
«La Magnolia de tus sueños»
Carmelo no era un joven como todos en su pueblo porque tenía muchos sueños. Soñaba tanto de día como de noche que vivía siempre fuera de la realidad, y ello lo hacía un joven retraído. El chico siempre caminaba a la universidad y era habitual que pasara frente al “Café de los sueños”. Uno de esos días, chocó con una chica fuera del café. La miró apenado, pero no pudo ignorar la belleza de ell… ★ Una ráfaga de extroversión arrebató la caracterizante timidez de Carmelo y le dio la valentía de pedir el número de teléfono a la chica para invitarla a una cita. A ella se le dibujó una sonrisa y, jugando, le advirtió al chico que aún ni le había preguntado su nombre. Así que él rápidamente se presentó.
—¡Carmelo! Me llamo Carmelo. Y tú eres…
—Magnolia.
Ahora se conocían oficialmente.
Los dos tuvieron citas ocasionales que les permitió conocerse cada vez más, al grado que, con el tiempo, aquello que primero fue amistad se convirtió en atracción romántica. La atracción mutua evolucionó y ambos se enamoraron. Eventualmente, planearon una vida juntos. Sin embargo, tanto Magnolia como Carmelo tenían proyectos por cumplir antes de decidir unirse. Entonces, para conseguir sus metas, aceptaron estar separados y necesariamente lejos uno del otro. Estaban tristes, sí, pero para mantener la llama encendida se escribían cartas y se llamaban por teléfono. Con el paso del tiempo, Magnolia se volvió cada vez más hermosa e inteligente y Carmelo era cada vez más extrovertido y centrado en la realidad. Cuando Carmelo cumplió sus objetivos, regresó y sorprendió a Magnolia, lo cual la hizo muy feli… ☆
—¡Perdón! ¿Está usted bien?— Preguntó la bella joven con la que Carmelo había chocado.
Carmelo, aún con estrellas en los ojos, la miró. Luego miró el edificio donde se ubicaba el “Café de los sueños” y vio un letrero en la puerta de entrada que decía “Soñar es vivir”.
Hoy es uno de esos días en los que la reflexión inspira mi creatividad. O debería decir, ¿en los que la creatividad me incitan a reflexionar? No lo sé; supongo que las dos se alimentan una de la otra en un proceso sinérgico.
En esta ocasión, mi intención es escribir sobre vivir la vida. ¿Cómo se vive una vida de la manera correcta? ¿Hay una «manera correcta» de vivirla? Yo creo que no la hay. Y, a medida que avanzan los años, las experiencias nos enseñan lo que creemos correcto para vivir mejor. La dicotomía años-experiencia nos enseña a limitarnos porque nos moldeamos incoscientemente para encajar en una sociedad con sistemas ideológicos limitantes. Es decir, por medio de los sistemas, la sociedad aprende cómo vivir, y por lo tanto, incita a otros a alinearse a vivir de la misma manera. Por ejemplo, la psicología apoya la teoría de que durante nuestros años formativos, la sociedad de la que hablo nos enseña, entre otras cosas, qué pensar, cómo pensar, qué decir, cómo decir, qué hacer, cómo hacer, qué ser y cómo ser.
Lo anterior se refleja en el día a día. Mientras asistía a lo que en Knoxville se le conoce como el Primer viernes, en la calle, afuera de una sala de exhibiciones de arte y absolutamente de la nada, un hombre me dijo «diviértete en el infierno». Entendí por qué me lo dijo, pero mi reacción espontánea fue de reírme por lo que acababa de escuchar. Sin embargo, pienso: si puedo divertirme en el infierno y es un lugar donde no volveré a ver a ese hombre y aquellos como él, prefiero ir al infierno que al lugar al que ellos creen pertenecer después dejar de existir en esta vida. No digo «después de la muerte» porque yo creo que esas personas ya están muertas en vida por no permitirse ni vivir ni dejar vivir en paz. Y, bueno, esta es un anécdota de muchas en las que me han sometido a la violencia tan solo por no vivir bajo lo estándares ideológicos del mundo en el que vivo. Supongo que habemos personas más susceptibles que otras a esas incomodidades tan desagradables.
Desde esa perspectiva, me pregunto: ¿una vida se vive correctamente solo si nos limitamos? A esto le siguen otras preguntas. ¿Por qué no vivir siendo nuestro ser auténtico? ¿Por qué optamos por ponernos máscaras? ¿Es más fácil vivir con máscaras para evadir críticas incómodas? ¿Se pueden evitar las críticas a toda costa? En referencia a esta última, yo pienso que la respuesta es no. Esto es porque siempre habrá areas en las cuales la sociedad te recordará no estar bien – areas tales como el cuerpo, el actuar, el pensar, los hábitos, etc.
Por eso me recuerdo yo misma: vida solo hay una. Vive y siente. Experimenta y aprende con tu propio criterio. En el proceso te divertirás y te romperás. Si este último es el caso, recuerda que tanto la mente y el corazón como el espíritu y el cuerpo saben recomponerse – toman tiempo en repararse, sí, pero no una eternidad. Además, si hay algo positivo de los infortunios cuando ya son historia, es que –en retrospectiva– te permiten ver el avance de tu propio proceso en crecimiento.
Por lo tanto, vive, corre, canta, baila, camina, siente, cánsate, descansa, bebe, habla, grita, llora, ríe, equivócate, corrígete, escucha música, escúchate, conoce el silencio, conócete, busca tu centro, encuéntralo, céntrate y disfruta de tu compañía. Habla con la naturaleza, habla con tu mente, crea tu comunidad, habla con otros, haz preguntas, conoce gente y disfruta de su compañía. Genera rituales, costumbres y tradiciones. Genera cosas bonitas en ti. Genera cosas bonitas en otros. Deja tu esencia en el mundo. Porque vida solo hay una.
Antes de presentar el poema, me gustaría compartir cómo él surgió en mi mente porque su concepción me parece muy especial.
Son increíbles las maneras en que la inspiración y la creatividad llegan a nosotros –– en los momentos más inesperados, en los lugares menos imaginados, a horas más o menos deseadas.
En la madrugada del 14 de agosto, mi alarma sonaría a las 5AM porque había planeado correr antes de alistarme temprano para llegar a la escuela a las 8AM, la cual me esperaba con reuniones y presentaciones por el resto del día y parte de la tarde.
Para mi sorpresa, en contra de mi voluntad y como jugarreta del destino, no logré concebir el sueño la noche anterior. Consecuentemente, pasé la noche en vela. ¡No dormí en lo absoluto!
A medida que se acercaba la hora en la que el despertador sonaría, me preguntaba si tenía sentido levantarme de la cama e ir a correr porque claramente mi cuerpo no había descansado correctamente. ¿Tendría la suficiente energía para lograr correr la distancia que me había propuesto? La verdad es que tenía pereza de salir de la cama a altas horas de la madrugada y tenía miedo de no lograr correr mi meta del día.
Después de dar muchas vueltas al asunto en mi mente, y después de dar muchas vueltas con mi cuerpo en la cama (toda la noche, faltaba más), decidí hacer el día como lo había planeado porque ––de cualquier manera––no lograría dormir antes de arreglarme e ir a la universidad.
Fui a correr a mi sendero favorito. Uno que está rodeado de árboles, a la orilla del río y que poco a poco se va alejando de los suburbios. Aún estaba oscuro, la niebla densaba el aire que, a su vez, limitaba mi campo visual horizontal. Mi lampara iluminaba las partículas condensadas de agua suspendidas en el aire. Las ranas desempeñaban su sinfonía nocturna. Y las arañas adornaban el sendero con sus telarañas, dándome la bienvenida.
Fue un momento mágico, el cual se cristalizaba en mi mente como un recuerdo que jamás olvidaría. Y que mi corazón atesoraría tanto que encontró un rayo de iluminación creativa de lo que parecería un infortunio por la falta de sueño y el cansancio mental que se avecinaba el resto del día. Esa iluminación creativa materializó lo fantástico del momento. Al dar media vuelta en el sendero a mitad de mi recorrido, la inspiración –– aún en plena oscuridad y en medio de la niebla –– llegó y no hice otra cosa más que ceder ante las palabras que llegaban a mi mente desde el corazón. Esas palabras ambientadas en lo mágico de la madrugada.
Temí que las palabras se perdieran y se desvanecieran al disiparse la niebla, cuando –– avanzada la madrugada –– los primeros rayos del sol evaporan los vestigios de la magia que ocurre durante las horas nocturnas. Por lo tanto, me detuve y, perdida en medio de la neblina, escribí estas palabras con la intención de contenerlas –– palabras que tienen un significado muy bonito. Y ahora que narro el recuerdo de su concepción, el siguiente poema se vuelve uno muy especial. Aquí les presento «Luz de estrella»…
Es un jardín próspero. Tiene tierra fértil. La lluvia y el sol proporcionan el efecto adecuado para permitir que florezca toda planta que consiga llegar hasta allí. La variedad botánica regala un espectáculo visual diverso, además de brindar oxígeno puro a aquello que pise ese jardín. Han sido años de trabajo para lograr tenerlo tan lleno de vida. Y no lo encontré por casualidad. De hecho, me tomó tiempo darme cuenta que era poseedora de este terreno y que tenía tanto potencial. Pero como dicen por ahí – «nunca es tarde».
Yo vivo tan feliz en este jardín, que mi emoción – similar a la de un cachorro cuando le das campo abierto – por compartirlo con otros seres vivos es inconmesurable. En efecto, lo he compartido y han habido diferentes resultados. Hay quienes gustan de lo que este jardín puede ofrecer y permanecen disfrutando de él. Me alegra ver que algunos desean visitar otra vez. Por otro lado, hay quienes entran pero no aprecian la belleza del jardín. Entran sin cuidado y, cuando menos lo esperé, el jardín ya tiene rosas arrancadas de su tallo, tulipanes pisoteados, y claveles deshojados. Esto es uno de los riesgos de querer compartir una de las bellezas que la naturaleza ofrece.
Un día, me encontraba admirando el jardín desde mi ventanal, cuando me percaté que un colibrí – el más curioso que haya visto – se acercó despistadamente a la flor de cerezo. Aprecié su visita y, sin más idea, lo dejé continuar con su exploración. A los pocos días, lo volví a ver, y esta vez volaba entre las flores de loto. El colibrí curioseaba entre una flor y otra, mientras yo observaba detrás de las magnolias. No le di mucha atención porque no quería espantarlo. Continuó su aventura, y yo seguí regando el jardín. En un día diferente y para mi sorpresa, el colibrí regresó una vez más. Y así continuó ocurriendo mientras los girasoles florecían hasta llegar a tamaños que me llenaban de alegría, tanta como la que sentía al hacerme consciente de que el colibrí apreciaba mi jardín para volver de vez en cuando.
En una de esas visitas, y en un momento en que yo conversaba con las amapolas, noté que el colibrí se percató de mi presencia. Pensé que se asustaría y huiría, pero decidió seguir explorando el jardín sin dar mucha importancia a mi presencia. «Claro» – me dije sonriendo. El colibrí ya conocía el jardín y le gustaba tanto como para visitarlo constantemente. Permanecí inmóvil para no espantarlo mientras él volaba entre una flor y otra; también se acercaba a ver de cerca las flores de los árboles. Sin embargo, siempre mantuvo una distancia entre nosotros que le proveía seguridad.
Llegó un día en el que el colibrí y yo coexistíamos en el jardín sin hacer mucho alarde de la presencia del otro. Nos reconocíamos al tiempo en que el miedo y el escondrijo cesaban. Por parte del colibrí, ya no había miedo por mi presencia. Por mi parte, ya no había necesidad de esconderme para no espantarlo. Hasta este momento, las gardenias comenzaron a brotar y las amapolas ya dejaban su recuerdo plasmado en las fotografías para las que se prestaba el frondoso jardín en esa primavera. Las orquídeas, tímidas, ofrecían colores que atraían al colibrí y las aquilegias añadían textura al paisaje.
Así pasó el tiempo, y el sol dio paso a la luna al caer la noche en un día de verano. Entonces decidí salir al jardín para relajarme con los aromas que despiden las flores para dar la bienvenida al temple tranquilo de la tenue oscuridad. Esa noche en particular, yo estaba ilusionada a causa de ver lo que mi jardín representaba para ese colibrí y para todo ser vivo que llegaba y se sentía en un espacio agradable y seguro. Sentía la emoción a flor de piel, cuando me percaté de que el colibrí decidió visitar mi jardín esa misma noche. Entre tanto, mi alegría cachorruna desbordaba por volver a verlo en mi jardín. Mientras el colibrí volaba en los nenúfares del estanque, yo trataba de contener mi impulso de acercármele, manteniendo distancia para no espantarlo. Pero la emoción fue más fuerte que mi voluntad de permanecer distanciada de él. Me fui acercando poco a poco, pensando que el tiempo ya nos había otorgado la confianza de saber que no lo lastimaría. Me acerqué un poco más. El colibrí rondando aún los nenúfares, me vio. Y como petrificado, dejó de moverse entre una flor y otra y me observó. Pensando que él ya me reconocía sin deseos de lastimarlo e inocente, decidí aproximarme un poco más. Llegué al limite del estanque en el que se encontraban los nenúfares que compartían agua con las flores de loto. Llegué tan cerca como pude de donde el colibrí permanecía suspendido. Extendí el brazo, dejando sobresalir el indice y esperando que el colibrí se acercara a mi mano. Sin intención de espantarlo, el colibrí se asustó y salió volando del jardín. Yo permanecí pensativa, entre decepcionada y entristecida por haberlo espantado con mi emoción perruna.
Ahora me cuestiono sobre el colibrí, ¿lo asusté lo bastante como para no querer reaparecer?¿retomará la confianza para visitar mi jardín? Tengo la confianza de que mi jardín es lo suficientemente agradable como para que el colibrí nunca lo olvide, algún día desee regresar, y me brinde de su compañía tan apreciada. Tengo la esperanza de que ese colibrí atolondrado reconozca lo valioso de su vida tanto como la apreciación que tengo por su existencia en mi jardín. Que, ahora que se encuentra perdido, se encuentre. Que el aroma de los lirios que recien planté en mi jardín – y en su honor – sea tan fuerte para que logré reecontrar su camino a mi jardín.