
Es un jardín próspero. Tiene tierra fértil. La lluvia y el sol proporcionan el efecto adecuado para permitir que florezca toda planta que consiga llegar hasta allí. La variedad botánica regala un espectáculo visual diverso, además de brindar oxígeno puro a aquello que pise ese jardín. Han sido años de trabajo para lograr tenerlo tan lleno de vida. Y no lo encontré por casualidad. De hecho, me tomó tiempo darme cuenta que era poseedora de este terreno y que tenía tanto potencial. Pero como dicen por ahí – «nunca es tarde».
Yo vivo tan feliz en este jardín, que mi emoción – similar a la de un cachorro cuando le das campo abierto – por compartirlo con otros seres vivos es inconmesurable. En efecto, lo he compartido y han habido diferentes resultados. Hay quienes gustan de lo que este jardín puede ofrecer y permanecen disfrutando de él. Me alegra ver que algunos desean visitar otra vez. Por otro lado, hay quienes entran pero no aprecian la belleza del jardín. Entran sin cuidado y, cuando menos lo esperé, el jardín ya tiene rosas arrancadas de su tallo, tulipanes pisoteados, y claveles deshojados. Esto es uno de los riesgos de querer compartir una de las bellezas que la naturaleza ofrece.
Un día, me encontraba admirando el jardín desde mi ventanal, cuando me percaté que un colibrí – el más curioso que haya visto – se acercó despistadamente a la flor de cerezo. Aprecié su visita y, sin más idea, lo dejé continuar con su exploración. A los pocos días, lo volví a ver, y esta vez volaba entre las flores de loto. El colibrí curioseaba entre una flor y otra, mientras yo observaba detrás de las magnolias. No le di mucha atención porque no quería espantarlo. Continuó su aventura, y yo seguí regando el jardín. En un día diferente y para mi sorpresa, el colibrí regresó una vez más. Y así continuó ocurriendo mientras los girasoles florecían hasta llegar a tamaños que me llenaban de alegría, tanta como la que sentía al hacerme consciente de que el colibrí apreciaba mi jardín para volver de vez en cuando.
En una de esas visitas, y en un momento en que yo conversaba con las amapolas, noté que el colibrí se percató de mi presencia. Pensé que se asustaría y huiría, pero decidió seguir explorando el jardín sin dar mucha importancia a mi presencia. «Claro» – me dije sonriendo. El colibrí ya conocía el jardín y le gustaba tanto como para visitarlo constantemente. Permanecí inmóvil para no espantarlo mientras él volaba entre una flor y otra; también se acercaba a ver de cerca las flores de los árboles. Sin embargo, siempre mantuvo una distancia entre nosotros que le proveía seguridad.
Llegó un día en el que el colibrí y yo coexistíamos en el jardín sin hacer mucho alarde de la presencia del otro. Nos reconocíamos al tiempo en que el miedo y el escondrijo cesaban. Por parte del colibrí, ya no había miedo por mi presencia. Por mi parte, ya no había necesidad de esconderme para no espantarlo. Hasta este momento, las gardenias comenzaron a brotar y las amapolas ya dejaban su recuerdo plasmado en las fotografías para las que se prestaba el frondoso jardín en esa primavera. Las orquídeas, tímidas, ofrecían colores que atraían al colibrí y las aquilegias añadían textura al paisaje.
Así pasó el tiempo, y el sol dio paso a la luna al caer la noche en un día de verano. Entonces decidí salir al jardín para relajarme con los aromas que despiden las flores para dar la bienvenida al temple tranquilo de la tenue oscuridad. Esa noche en particular, yo estaba ilusionada a causa de ver lo que mi jardín representaba para ese colibrí y para todo ser vivo que llegaba y se sentía en un espacio agradable y seguro. Sentía la emoción a flor de piel, cuando me percaté de que el colibrí decidió visitar mi jardín esa misma noche. Entre tanto, mi alegría cachorruna desbordaba por volver a verlo en mi jardín. Mientras el colibrí volaba en los nenúfares del estanque, yo trataba de contener mi impulso de acercármele, manteniendo distancia para no espantarlo. Pero la emoción fue más fuerte que mi voluntad de permanecer distanciada de él. Me fui acercando poco a poco, pensando que el tiempo ya nos había otorgado la confianza de saber que no lo lastimaría. Me acerqué un poco más. El colibrí rondando aún los nenúfares, me vio. Y como petrificado, dejó de moverse entre una flor y otra y me observó. Pensando que él ya me reconocía sin deseos de lastimarlo e inocente, decidí aproximarme un poco más. Llegué al limite del estanque en el que se encontraban los nenúfares que compartían agua con las flores de loto. Llegué tan cerca como pude de donde el colibrí permanecía suspendido. Extendí el brazo, dejando sobresalir el indice y esperando que el colibrí se acercara a mi mano. Sin intención de espantarlo, el colibrí se asustó y salió volando del jardín. Yo permanecí pensativa, entre decepcionada y entristecida por haberlo espantado con mi emoción perruna.
Ahora me cuestiono sobre el colibrí, ¿lo asusté lo bastante como para no querer reaparecer? ¿retomará la confianza para visitar mi jardín? Tengo la confianza de que mi jardín es lo suficientemente agradable como para que el colibrí nunca lo olvide, algún día desee regresar, y me brinde de su compañía tan apreciada. Tengo la esperanza de que ese colibrí atolondrado reconozca lo valioso de su vida tanto como la apreciación que tengo por su existencia en mi jardín. Que, ahora que se encuentra perdido, se encuentre. Que el aroma de los lirios que recien planté en mi jardín – y en su honor – sea tan fuerte para que logré reecontrar su camino a mi jardín.
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